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Hidalgo y la independencia

Arturo Corzo Gamboa

Asesor de la UPN 094

La decisión de luchar por la independencia nacional que en el pueblo de Dolores, a las cinco de la mañana1 del domingo 16 de septiembre de 1810, tomó el cura don Miguel Hidalgo y Costilla, fue tan temeraria que sobresaltó a sus compañeros. Tal decisión obedeció a que su conspiración había sido descubierta y, lo que no podían hacer Hidalgo y los suyos, era quedarse inmovilizados hasta que las autoridades los aprehendieran. El Dr. Lemoine reconstruye el momento en que Hidalgo «...se pone de pie, sus ojos parecen arrojar llamas, levanta los brazos, cierra los puños, golpea con fuerza sobre la mesa, alza la voz y exclama: ¡Caballeros, somos perdidos; aquí no hay más recurso que ir a coger gachupines! Un soplo helado cundió en el recinto. Aldama objetó con timidez y susto: Señor, ¿qué va a hacer vuestra merced? Por amor de Dios, vea lo que hace2

Esa mañana cambió el destino de México por la proclama libertadora de Hidalgo, la cual fue seguramente del siguiente tenor: «¡Viva la religión católica! ¡Viva Fernando VII! ¡Viva la Patria y viva y reine por siempre en este Continente Americano nuestra sagrada patrona, la Santísima Virgen de Guadalupe! ¡Muera el mal gobierno!»3 Así empezó, en Dolores, el recorrido del camino angosto de la guerra de independencia, un camino de once años de sufrimiento, de incertidumbre, de sacrificio, de odio y de esperanza. Once años de los cuales Hidalgo sólo participó seis meses (de septiembre de 1810 a marzo de 1811), los suficientes para señalar la ruta que muchos seguirían en busca del cambio que la nación requería. Hidalgo asumió el mando desde el momento en que dio principio aquella guerra patria. Pero, ¿por qué se tuvo que llegar a una guerra tan sanguinaria?, ¿quiénes la consideraron inevitable y se sumaron a ella?, ¿quién y cómo era Hidalgo? Es necesario conocer al hombre que, en palabras de Luis González, «le puso el cascabel al gato, al seductor de multitudes, al sacerdote viejo y giboso, ilustre por su saber...»4

Hidalgo nació en 1753 en la hacienda de Corralejo, intendencia de Guanajuato. A los catorce años ingresó al colegio de San Nicolás Obispo en Valladolid [hoy Morelia], donde sobresalió por su inteligencia y su capacidad «para captar los razonamientos más profundos de la lógica aristotélica, de la escolástica medieval y de los adelantos recientes de la moderna teología [...] se ganó entre sus compañeros el apodo de Zorro, por la astucia con la que libraba las trampas intelectuales más complejas».5 En 1770 recibió el grado de bachiller en Artes; tres años después se graduó de bachiller en teología en la Universidad de México y, en 1778, fue ordenado sacerdote, cuando era un joven de veinticinco años. En el colegio de San Nicolás fue catedrático de 1782 a 1792 y ahí impartió sus clases con la misma vivacidad que había lucido como estudiante. El sueldo de Hidalgo como maestro era apenas de 400 pesos anuales, no obstante su prestigio académico y la consideración de ser el «mejor teólogo de la diócesis»; en 1787 logró ganar 300 pesos más al aceptar el nombramiento de tesorero del colegio, y otros 500 cuando fue nombrado vicerrector y después rector, en 1790.

El obispo ilustrado fray Antonio de San Miguel lo envió en 1792 a la parroquia de Colima. Desde entonces hasta 1810 (dieciocho años) Hidalgo sería cura de pueblo. Sobre su nombramiento de cura de Colima Jean Meyer ha observado que erróneamente se ha venido diciendo que fue un castigo para el ex rector de San Nicolás, a quien «...sus superiores le quitaron el puesto prestigioso de rector y lo exiliaron en una parroquia de provincia para aplacar su espíritu rebelde y sus ideas revolucionarias».6 No hubo tal castigo; en realidad, el cambio obedeció a un —quizá solicitado o insinuado— incremento salarial: los 1,200 pesos anuales que ganaba como maestro, tesorero y rector, se elevaron en el curato de Colima a 3,000.7 El obispo lo apoyó de esa manera, y volvió a hacerlo unos meses después —estuvo menos de un año en Colima— encargándole la parroquia de San Felipe Torresmochas, donde su ingreso anual ascendió a 4,000 pesos. Esta mejoría económica le vino bien, pues pudo ayudar con más holgura a sus hermanos huérfanos (don Cristóbal Hidalgo había muerto en 1790), que vivían en las proximidades de Corralejo, Silao y San Miguel. Y aún faltaba otro cambio: en 1803, a la muerte del párroco de Dolores, don José Joaquín Hidalgo, hermano mayor de don Miguel, el obispo lo nombró cura de Dolores; su sueldo ascendió a 8,000 pesos anuales, quizá hasta 9,000, según don Lucas Alamán.8

En Dolores las circunstancias obligaron a Hidalgo a iniciar la guerra de independencia. Esa cruenta guerra daría lugar a la expresión de diversos intereses: unos se inclinaban por la independencia, otros por la «autonomía»; unos veían en la guerra la posibilidad de librarse del dominio español, otros de separar las provincias del gobierno de la ciudad de México; los indios, por su parte, querían la expulsión de los peninsulares.9 En medio de ese torbellino Hidalgo se convirtió en el primer caudillo de la independencia nacional.

La epopeya de Hidalgo quiso cambiar un orden político establecido desde 1521. Durante el corto tiempo que acaudilló a su mal llamado ejército,10 —porque sus «soldados» eran masas mal armadas con palos, hondas y piedras—, logró la renovación, aunque temporalmente, de las autoridades locales. Esto, a pesar de que sus «tropas» no estaban formadas, en número suficiente, por militares, ...sino [por] familias enteras que acompañaban al caudillo. Las multitudes llegaron a cien mil almas en su tránsito hacia la ciudad de México. La gente iba con la convicción de que Fernando VII había escapado de su prisión en Francia y llegado por Acapulco, y se disponía a ocupar su trono de la ciudad de México. Por tanto, los pueblos acompañaban a su rey hasta su palacio. Eso explica que, más que ir en son de guerra, iban en procesión.11

Dolores primero, luego Atotonilco, San Miguel el Grande, Chamacuero (hoy Comonfort), Celaya, Salamanca, Irapuato, Silao,12 fueron ocupados con relativa facilidad. Ni tardo ni perezoso, el 24 de septiembre el obispo electo y gobernador del obispado de Michoacán, don Manuel Abad y Queipo, decretó la excomunión de Hidalgo, Allende, Aldama y Abasolo, declarándolos «perturbadores del orden público, seductores del pueblo, sacrílegos, perjuros...» y exhortó «a la porción del pueblo que trae seducido, con título de soldados y compañeros de armas, que se restituyan a sus hogares [...] bajo la misma pena de excomunión mayor...»13 La lucha continuó: la toma de Guanajuato fue sangrienta, y Valladolid se entregó sin combatir; en esta última ciudad el caudillo «se pronunció, por primera vez [lo haría de nuevo en Guadalajara], por la abolición de la esclavitud y del pago de tributo y demás obligaciones impuestas a las castas. También ahí los líderes planearon la ocupación de la ciudad de México».14 Los insurgentes, que llegaron a ser casi 100,000, se dirigían a la capital del virreinato. Para detener su avance y proteger a la ciudad de México, el virrey Francisco Xavier Venegas puso al mando del teniente coronel Torcuato Trujillo un pequeño pero bien disciplinado ejército, compuesto por no más de 2,000 soldados y dos piezas de artillería. El 30 de octubre de 1810 ejército virreinal y las chusmas, como los realistas llamaban a las fuerzas de Hidalgo...15 abrieron fuego en el Monte de las Cruces y vencieron las chusmas. Pero la estrella triunfal de los insurgentes se apagaría después de las Cruces, porque en Cuajimalpa, a un paso ya de la ciudad de México, apareció la discordia entre Hidalgo y Allende, al negarse el primero a ordenar el avance sobre la capital, haciendo a un lado la opinión de Allende en el sentido de que era necesario ocuparla. Se impuso el sacerdote. Esta decisión «representó el mayor error militar y político de Hidalgo, porque dividió su ejército, generó un gran desconcierto entre la gente que le seguía e hizo perder la oportunidad de desvertebrar el virreinato; se suponía que la toma de la ciudad terminaría la guerra y podría establecerse un nuevo gobierno».16 Ante ese alto inesperado la muchedumbre insurgente —que no ejército— se desconcertó; muchos jefes menores se separaron con sus hombres y se fueron por distintos rumbos a hacer la revolución por su cuenta y riesgo.

El grueso del «ejército» insurgente se encontró en Aculco, el 7 de noviembre, frente a la tropa de Félix María Calleja, futuro virrey. Allende y los demás oficiales habían aconsejado a Hidalgo evitar el combate y que se hiciera la guerra de guerrillas; basaban su consejo en que no bastaba tener 40,000 «soldados» sin disciplina y mal armados, incapaces de hacer frente a un poco más de 10,000, éstos sí, soldados profesionales, disciplinados y bien armados. Como era de esperarse, vencieron las tropas virreinales, y los caudillos de la independencia tuvieron que separarse: Hidalgo se dirigió a Valladolid, estableciéndose poco después en Guadalajara, y Allende se encaminó a Guanajuato. Poco después, Calleja expulsó de Guanajuato a Allende, y éste buscó refugió en Guadalajara, al lado de Hidalgo. Calleja, eficiente militar, sabía que la batalla definitiva estaba por venir. Y ésta ocurrió el 17 de enero de 1811 en un sitio llamado Puente de Calderón, en la periferia de Guadalajara: Hidalgo dispuso sus tropas para enfrentar a Calleja, no obstante la oposición de Allende y Aldama que, nuevamente, le habían aconsejado que se alejara y que fraccionara las tropas, despidiera a las masas y formara cuerpos de guerrillas.17 Como ocurrió en Cuajimalpa, la decisión del sacerdote prevaleció sobre la opinión de los militares. El resultado fue un desastre; la derrota selló la suerte de los primeros caudillos insurgentes, que se vieron obligados a desplazarse hacia el norte, tratando de llegar a Estados Unidos para adquirir armamento. En la hacienda del Pabellón, a medio camino entre Zacatecas y Aguascalientes, Hidalgo, fue despojado del mando, el cual quedó en manos de Allende. Durante el juicio que enfrentó en Chihuahua declaró: «...que [...] en dicha hacienda fue amenazado por el mismo Allende y algunos otros de su facción [...] de que se le quitaría la vida si no renunciaba el mando en Allende, lo que hubo de hacer y lo hizo verbalmente y sin ninguna otra formalidad...»18

De aquella azarosa batalla de Puente de Calderón a las norias de Acatita de Baján, en el norte, sólo queda el recuerdo de la aprehensión de los caudillos el 21 de marzo de 1811 por el teniente coronel Ignacio Elizondo. «Los presos fueron conducidos a Monclova, y a su entrada se hizo una salva de artillería [...] saludándolos el pueblo [a Elizondo y su tropa] con las aclamaciones de viva Fernando VII, mueran los traidores, y pidiendo a gritos sus cabezas».19 De Monclova unos fueron llevados a Durango y otros a Chihuahua. Hidalgo encontró en Chihuahua su destino final. Los caudillos, resignados, sufrieron el juicio por «delitos de infidencia» a que fueron sometidos, aunque ya se había decidido que serían duramente castigados. El 6 de junio de 1811 fue fusilado don Mariano Hidalgo, hermano de don Miguel; veinte días después, el 26, fueron fusilados Ignacio Allende, Mariano Jiménez y Juan Aldama. Abasolo consiguió eludir al pelotón de fusilamiento gracias a los conmovedores ruegos de su esposa, doña María Manuela Taboada, y sólo fue condenado a presidio: se le llevó a Cádiz, a donde le acompañó su esposa, y allá murió en 1816 en el castillo de Santa Catalina. Hidalgo fue condenado a muerte, pero se recomendó «que en consideración a su carácter sacerdotal, la ejecución no se hiciese en un paraje público, como era el lugar donde habían sido fusilados los demás, y que se le tirase al pecho y no por la espalda».

El sacrificio de Hidalgo, triste y doloroso, lo ha colocado en la cima de la historia de México, donde con merecida justicia se le denomina «Padre de la Patria». Pero, ¿cómo era don Miguel? Era un cura ilustrado que a lomo de caballo visitaba a sus feligreses en las extensas llanuras de su curato; que leía obras de autores franceses algunos de ellos traducidos por él mismo, que ponía en escena el teatro de Racine y Molie?re; que había formado una banda de música, y que organizaba tertulias con bastante frecuencia. Por algo su casa era llamada La Francia Chiquita.20 Pero no puede decirse que las actividades del padre Hidalgo en San Felipe fueran tan sólo reuniones con la «gente pudiente», tertulias, música, baile, teatro y partidas de baraja; no, la vida de aquel brillante sacerdote y ser humano estaba llena de responsabilidades. En su proceso (1811) afirmaría: «He sufrido las mayores fatigas en el tiempo que he sido cura sin temer soles, fríos y asperezas, distancias y pestes, porque mis feligreses no pasaran sin la confesión a la eternidad».21 También desarrolló en su curato, para beneficio de sus fieles, el cultivo de la vid, la cría del gusano de seda, la fabricación de lozas y tejas, y el curtido de pieles.22 En resumen, se trata de un intelectual, un hombre espiritual y de mundo, un sacerdote admirado y querido por todos los que lo trataban. Pero era «...tanto el ruido en torno al cura de San Felipe —comenta el Dr. Lemoine—, que a principios de 1800 el Santo Oficio, merced a dos o tres denuncias anónimas, toma cartas en el asunto y abre un juicio a Hidalgo por blasfemo, hereje, vida disoluta, etcétera, que don Miguel, hábil y con buenas relaciones, logra parar».23 En las informaciones que entonces (1800-1801) se obtuvieron, los denunciantes y declarantes, bastante temerosos de los inquisidores, hundieron a Hidalgo como sacerdote, cristiano, teólogo y ciudadano; aunque hubo también quienes se abstuvieron de acusarlo y, por el contrario, hasta avalaron su buena conducta;24 pero éstos fueron los menos. Destaca entre los primeros el exigente fray Ramón Casáus, en cuyo informe inquisitorial del 10 de diciembre de 1800 dice: «...tengo formado muy mal concepto del cura de San Felipe, por lo que públicamente se decía de su vida escandalosa y de la comitiva de gente villana que come y bebe, baila y putea perpetuamente en su casa...»25

Las muy libres opiniones del padre Hidalgo —temerarias, habiendo Inquisición—, como aquella que subrayaba la inutilidad de las religiones porque surgieron en el tiempo de la ignorancia,26 no fueron, por supuesto, bien vistas por los demás religiosos. Mayúsculo problema ha de haber sido para ellos un cura de pueblo que, según los declarantes, decía que no se graduó en la Real y Pontificia Universidad de México por considerarla una cuadrilla de ignorantes;27 que veía la fornicación como un acto natural, no como un pecado; y que blasfemaba al afirmar que Santa Teresa de Jesús, la santa de Ávila, la insigne santa española Teresa de Cepeda Ahumada, fue una ilusa cuyas visiones se debían a los azotes, el ayuno y la vigilia.28 También fue calificado de jugador profesional y de ser el responsable de que la biblioteca del colegio de San Nicolás se hubiera llenado de libros prohibidos,29 que no eran otros sino las obras filosófico–políticas de la Ilustración que ya se leían en todo el mundo civilizado de la época. Aunque la Inquisición nunca inició el juicio, el estigma de hereje manchó para siempre su investidura sacerdotal. Es pues innegable que Hidalgo había sido olfateado por los sabuesos de la Inquisición diez años antes del tañido independentista de la campana parroquial de Dolores, pero nunca imaginaron la revuelta que empezaría en 1810. Durante todo ese tiempo sus enemigos se conformaron con verlo de lejos, hasta que llegó el momento de despedazarlo... como materialmente lo hicieron.

En su proceso militar Hidalgo se agiganta ante sus jueces. No elude su responsabilidad ni trata de salvar la vida, actitud valiente que corresponde a la respuesta que dio a Allende cuando éste lo invitó a participar en el movimiento de la independencia: «...los autores de semejantes empresas no goza[n] el fruto de ellas...»30 Es decir, aceptó, poco después, convertirse en el principal dirigente del movimiento armado consciente del peligro que entrañaba. Corridos ya todos los riesgos y en plena retirada hacia el norte, en Saltillo, Hidalgo y Allende rechazaron, el 1 de marzo de 1811, veinte días antes de su captura, el indulto que les ofreció el virrey Venegas.31

El juez militar, Ángel Abella, reunió todas las evidencias que se le presentaron para demostrar la culpabilidad de Hidalgo. De esa manera, tanto las preguntas–acusaciones referentes a la fidelidad al rey y a la patria, como las relativas a la obediencia a las autoridades eclesiásticas y a su desempeño como sacerdote, estaban destinadas a encontrar claros indicios que hicieran inapelable su condena. Hidalgo declaró que él y Allende «...despacharon a don N. Letona [Pascacio Ortiz de Letona], natural de Guatemala a los Estados Unidos a solicitar su alianza y armas...», ofreciéndoles a cambio las ventajas del libre comercio.32 No había defensa: esto era traición al rey y a la patria. Y declaró también que sí se enteró de que «el santo tribunal de la fe...» lo emplazó a comparecer por ser cabeza de la insurrección y «para responder a los cargos de herejía que le resultaban por causa pendiente [iniciada en 1800] en dicho tribunal», pero que no acudió «...no por los delitos de herejía de que se le acusaba, sino por el partido en que estaba empeñado...»33 En aquel juicio esto era flagrante desacato a la autoridad. La avalancha de cargos hizo que Hidalgo fuera encontrado culpable y condenado a muerte; en consecuencia, su degradación sacerdotal fue consumada el 29 de junio de 1811 por «el doctoral de la Santa Iglesia» de Durango, Francisco Fernández Valentín. En la certificación respectiva se lee:

Fue preguntado: —¿Qué razón tuvo para rebelarse contra el rey y la patria? —Contestó que ya había expuesto sus razones al juez militar; que no contestaba más, y que supuesto que iba a morir, sólo encargaba que no se le cortara la cabeza, según la sentencia que se le había leído, sin más delito que haber querido hacer independiente esta América de España. Después de la degradación, y despojado de los ornamentos sagrados, con la ceremonia que manda la santa Iglesia, fue registrado y se le encontró en el pecho llena de sudor la soberana imagen de nuestra señora de Guadalupe, la cual está bordada de seda sobre pergamino, la que al quitar de su pecho dijo: —Esta señora, Madre de Dios, ha sido la que he llevado de escudo en mi bandera, que marchaba delante de mis huestes, en las jornadas de Aculco y Guanajuato, y es mi voluntad sea llevada al convento de las Teresitas de Querétaro donde fue hecha por las venerables madres, quienes me la dieron en mi santo en 1807. No habló más, procediéndose al acto conmovedor, arrancándole las vestiduras sacerdotales, aplicando el anatema formidable de la santa Iglesia, y para que fuese entregado al juez militar y ejecutar la sentencia.34

En Chihuahua, a las siete de la mañana35 del 30 de julio de 1811, cayó ante el pelotón de fusilamiento el ilustre sacerdote don Miguel Hidalgo y Costilla. Tenía entonces 58 años de edad. El militar encargado de la ejecución, Pedro Armendáriz, anotó el pesado transcurso de los últimos momentos del caudillo:

...Llegó [Hidalgo] al banquillo, dio a un sacerdote el librito [que llevaba en la mano derecha], y sin hablar palabra, por sí se sentó en el tal sitio, en el que fue atado con dos portafusiles [...] y con una venda de los ojos contra el palo, teniendo el crucifijo en ambas manos, y la cara al frente de la tropa [...] Con arreglo a lo que previne le hizo fuego la primera fila, tres de las balas le dieron en el vientre, y la otra en un brazo que le quebró: el dolor lo hizo torcerse un poco el cuerpo, por lo que se zafó la venda de la cabeza y nos clavó aquellos hermosos ojos que tenía. En tal estado hice descargar la segunda fila, que le dio toda en el vientre, estando prevenidos que le apuntasen al corazón. Poco extremo hizo, sólo sí se le rodaron unas lágrimas muy gruesas. Aún se mantenía sin siquiera desmerecer en nada aquella hermosa vista, por lo que le hizo fuego la tercera fila que volvió a errar no sacando más fruto que haberle hecho pedazos el vientre y espalda, quizá sería porque los soldados temblaban como unos azogados. En este caso tan apretado y lastimoso, hice que dos soldados le dispararan poniendo la boca de los cañones sobre el corazón, y fue con lo que se consiguió el fin. Luego se sacó a la plaza del frente del hospital; se puso una mesa a la derecha de la entrada de la puerta principal, y sobre ella una silla en la que lo sentaron, para que lo viera el público que cuasi [casi] en lo general lloraba, aunque sorbiéndose las lágrimas. Después se metió adentro [sic], le cortaron la cabeza que se saló, y el cuerpo se enterró en el campo santo.36

Así terminó la vida de don Miguel Hidalgo, el Padre de la Patria. El pedestal de su heroicidad tiene como basamento la respuesta que él y Allende dieron al virrey Venegas cuando les ofreció el indulto: El indulto, Señor Excelentísimo, es para los criminales, no para los defensores de la Patria...

Notas

1. Carlos Herrejón Peredo, Hidalgo. Razones de la insurgencia y biografía documental, México, Secretaría de Educación Pública, (Col. «Cien de México»), 1987, pp. 298-302: «Proceso militar de Hidalgo. Primera declaración», Chihuahua, 7 de mayo de 1811, tomado de Antonio Pompa y Pompa, Procesos inquisitorial y militar seguidos a D. Miguel Hidalgo y Costilla, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1960. En adelante, aquellos documentos a los que no se les señale otra fuente, fueron tomados por Herrejón Peredo de la obra de Pompa y Pompa.

2. Ernesto Lemoine, «Hidalgo y los inicios del movimiento insurgente», en Historia de México, México, Salvat Mexicana de Ediciones, 1978, 13 tomos, tomo 8, p. 1679.

3. Ibidem, p. 1680.

4. Cit. por Jean Meyer, Hidalgo, México, Clío, (Col. «La antorcha encendida»), 1996, p. 9.

5. Ibidem, pp. 14-15. Los siguientes datos fueron tomados de esta misma fuente.

6. Ibidem, p. 20.

7. Ibidem. Los siguientes datos fueron tomados de esta misma fuente.

8. Lucas Alamán, Historia de México..., México, Editorial Jus, 1990, 5 tomos, tomo 2, p. 119.

9. Juan Ortiz Escamilla, «La guerra de independencia», en Gran Historia de México ilustrada, México, Planeta DeAgostini/CONACULTA/INAH, 2002, 5 tomos, tomo III, p. 83.

10. Ibidem.

11. Ibidem, pp. 83-84.

12. Lemoine, op. cit., pp. 1681-1682.

13. «Edicto de excomunión de Hidalgo, Allende...», Valladolid, 24 de septiembre de 1810, en José María Luis Mora, México y sus revoluciones, México, Editorial Porrúa, («Colección de Escritores Mexicanos», 61), 1986, 3 tomos, tomo III, pp. 57-61.

14. Ortiz Escamilla, op. cit., p. 85.

15. Lemoine. op. cit., p. 1685.

16. Ortiz Escamilla, op. cit., p. 89.

17. Ernesto de la Torre Villar, La independencia de México, México, Fondo de Cultura Económica/Editorial MAPFRE, 2001, p. 90.

18. Herrejón Peredo, op. cit., pp. 298-302: «Proceso militar de Hidalgo. Primera declaración», Chihuahua, 7 de mayo de 1811.

19. Alamán, op. cit., p. 119. Los siguientes datos fueron tomados de esta misma fuente.

20. Lemoine, op. cit., p. 1677.

21. Meyer, op. cit., p. 21.

22. Lemoine, op. cit., p. 1678.

23. Ibidem, p. 1677.

24. Herrejón Peredo, op. cit.: «Informe inquisitorial» de José Luis Guzmán, San Miguel el Grande, 12 de septiembre de 1800, pp. 117-118, y «Testimonio inquisitorial» del bachiller Juan Antonio Romero, Irimbo, 5 de febrero de 1801, pp. 122-123.

25. Ibidem, pp. 119-121: «Informe inquisitorial» de fray Ramón Casáus, México, 20 de diciembre de 1800.

26. Ibidem, pp. 115-117: «Denuncia inquisitorial» de fray Manuel de Estrada, Celaya, 20 de agosto de 1800.

27. Ibidem, pp. 109-110: «Informe inquisitorial» del Dr. Ramón Pérez, Valladolid, 19 de julio de 1800.

28. Ibidem, pp. 110-114: «Testimonio inquisitorial» de fray Manuel de Estrada, Celaya, 20 de agosto de 1800.

29. Ibidem, pp. 130-131: «Ramón Pérez precisa su informe sobre Hidalgo», Valladolid, 2 de marzo de 1801.

30. Ibidem, pp. 298-302: «Proceso militar de Hidalgo. Primera declaración», Chihuahua, 7 de mayo de 1811.

31. «Respuesta de Hidalgo y Allende al indulto del virrey Venegas», Saltillo, 1 de marzo de 1811, en Ernesto de la Torre Villar, et al., Historia documental de México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1974, 2 tomos, tomo I, pp. 56-57.

32. Ibidem, pp. 302-307: «Proceso militar de Hidalgo. Segunda declaración», Chihuahua, 7 de mayo de 1811. Véase el nombramiento que se le extendió a Ortiz de Letona en Guadalajara el 13 de diciembre de 1810, en Herrejón Peredo, op. cit., pp. 255-256, tomado de Juan Hernández y Dávalos, Colección de documentos para la historia de la guerra de independencia de México de 1808 a 1821, México, 1877-1882, 6 vols.

33. Ibidem, pp. 302-307: «Proceso militar de Hidalgo. Segunda declaración», Chihuahua, 7 de mayo de 1811.

34. Ibidem, pp. 345-346: «Degradación de Hidalgo. Certificación», Chihuahua, 29 de junio de 1811.

35. Ibidem, p. 350: «Ejecución de Hidalgo. Constancia», Chihuahua, 30 de julio de 1811.

36. Ibidem, pp. 348-349: «Pedro Armendáriz: Testimonio de los últimos momentos de Hidalgo», Chihuahua, 30 de julio de 1811, tomado de José María Lafuente, Hidalgo íntimo, México, Tipografía Económica, 1910, pp. 528-536.

Articulo publicado en la Revista Xictli de la Unidad UPN 094 D.F. Centro, México. Se permite su uso citando la fuente. Dirección www.unidad094.upn.mx